Los primeros días de Donald Trump en su segundo mandato se han caracterizado por una lluvia de órdenes ejecutivas con las que pretende saltarse el control del poder legislativo, es decir, gobernar como sus admirados autócratas de Europa, Latinoamérica y Asia.
Trump es un delincuente convicto que intentó permanecer en el poder incluso después de perder las elecciones de 2020. Evitar la prisión por ser el incitador de la insurrección que terminó con el asalto violento al Capitolio de enero de 2021 fue su principal motivación para ganar las elecciones de 2024. Lo logró. Su victoria llevó a la desestimación del caso.
Para evitar esa probable condena a prisión, porque las pruebas eran abrumadoras, Trump recurrió a mentiras, distorsiones y amenazas para ganar las elecciones de 2024. También se apoyó en el saco sin fondo de los bolsillos del multimillonario Elon Musk, quien ha hecho la mejor operación comercial de la historia. Por menos de un 0,05% de su fortuna se ha hecho con el control real del presidente de los Estados Unidos y, evidentemente, condicionará las políticas que afecten a sus intereses empresariales.
Si Donald Trump hubiera perdido las elecciones de 2024, estaba totalmente dispuesto a destrozar el país en un intento de demostrar que las elecciones habían sido "robadas". Por supuesto, ganó, y es el legítimo presidente de los Estados Unidos. Otra cosa será en cómo se desarrolle y termine el mandato. Ahí es donde está el temor más elevado.
Democracia en manos de un dictador
En realidad, Donald Trump prometió ser un dictador en su primer día en el cargo. No sorprende, entonces, que dictara la mayor cantidad de órdenes ejecutivas que cualquier otro presidente el día de su toma de posesión. La acción ejecutiva no es nada nuevo. Tanto demócratas como republicanos han colaborado para ampliar los poderes de la Presidencia.
Sin embargo, Trump ha ido más allá de lo que han hecho otros presidentes, o incluso ha desafiado la propia Constitución de Estados Unidos al declarar el fin de la ciudadanía por derecho de nacimiento, medida que ha sido paralizada por un juez federal. También indultó a los violentos asaltantes del 6 de enero, lo que envía un mensaje inquietante a la ciudadanía sobre la falta de consecuencias para quienes atacan al gobierno federal.
El nuevo presidente también utilizará una motosierra, al más puro estilo de Javier Milei, para atacar al Estado, eliminando las agencias reguladoras que implementan políticas y garantizan la seguridad de los estadounidenses. Es exactamente el planteamiento del 'Proyecto 2025' del aquelarre supremacista y ultraderechista de la 'Heritage Foundation'.
La falsa revolución liderada por Donald Trump tiene como objetivo destruir las instituciones públicas, como el seguro de salud obligatorio por parte del gobierno. Eliminar el Departamento de Educación, como pretende Trump, sólo servirá para socavar aún más lo que las organizaciones religiosas más radicales y los ultraconservadores han estado impulsando durante años: la expansión de las escuelas privadas a expensas de la educación pública.
Aunque Trump se presentó como el salvador de los trabajadores, los hechos demuestran que ha creado a su alrededor una oligarquía similar al Kremlin, donde también gobierna la ultraderecha. Elon Musk es sólo el más rico y destacado de la docena de multimillonarios que Trump ha seleccionado para su gabinete. Otros oligarcas, como Jeff Bezos de 'Amazon' y Mark Zuckerberg de 'Meta', se han apresurado a someterse al presidente que regresa, convirtiendo esa adulación en una astuta decisión de inversión.
Las personas más ricas de Estados Unidos esperan que su riqueza crezca exponencialmente con Trump. Después de todo, el propio Musk ya ha ganado cerca de 200,000 millones de dólares solo desde el día de las elecciones.
Las democracias han estado manipuladas durante mucho tiempo por la influencia de los ultrarricos. Ahora, bajo el gobierno de Trump, el campo de juego se inclinará tan drásticamente que todos, salvo los más ricos, simplemente caerán al abismo.
Golpe de Estado y Guerra Civil
El desafío que plantea Trump no radica sólo en las políticas que promueve, las instituciones públicas a las que desfinancia y deslegitima, o la riqueza que redistribuye hacia arriba. El nuevo presidente amenaza la estructura misma del país.
A diferencia de lo que sucedió en 2020, el traspaso del poder se realizó sin problemas porque el partido perdedor respetó las reglas del juego y el estado de derecho.
Sin embargo, la erosión de las normas democráticas bajo el gobierno de Trump sugiere que las próximas elecciones presidenciales en 2028 no serán tan fluidas. Nadie descarga que un Trump aún más anciano podría desafiar la Constitución estadounidense (y su límite de dos mandatos) y permanecer en el cargo bajo algún estado de emergencia artificial. O podría llevar a la Casa Blanca a su sucesor elegido a dedo de una manera igualmente autocrática.
El mejor escenario, por supuesto, sería una elección democrática en 2028. Si el sucesor de Trump perdiera, el actual presidente ya ha dicho que cualquier elección que no salga como él quiere es ilegítima. Si en 2028 se produjera un levantamiento inspirado por Trump, como ya sucedió en 2020, para impugnar una supuesta "elección robada", estaría mucho mejor planificado y ejecutado que el del 6 de enero de 2021, de la misma manera que el segundo mandato de Trump está mucho más organizado que el primero. Una insurrección de ese calibre a escala nacional tras un resultado electoral controvertido podría destrozar un Estados Unidos ya dividido.
Esta situación genera un escenario terrible en el que la mejor posibilidad es una guerra civil y el peor un golpe de Estado.
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